En esta entrevista, el autor de ‘El estilo del periodista’ soluciona algunos errores comunes en la escritura de los medios de comunicación y habla de la importancia de pensar “con la gramática”. También analiza el riesgo ante la ausencia de estructuras informativas y el sesgo ideológico de la IA, y explica por qué la ética del lenguaje es un pilar del trabajo periodístico.

Como los grandes escritores, Álex Grijelmo (España, 1956) lleva décadas haciéndonos pensar en la vida de las palabras. Su libro El estilo del periodista (1997), que reúne recomendaciones para escribir bien en los medios de comunicación, es una guía vigente en las librerías de España y Latinoamérica. Con obras como La gramática descomplicada (2006) –y al menos una decena más sobre lenguaje y comunicación–, se convirtió en una referencia constante en las aulas de clases. Ha sido maestro de la Fundación Gabo y de la Escuela de Periodismo UAM-El País, y sus enseñanzas, lúcidas y amenas, son citadas con frecuencia en talleres de periodismo o de escritura. Hace veinte años creó la Fundéu, una fundación promovida por la Agencia EFE y la RAE que sigue resolviendo dudas a periodistas o lectores en todo el ámbito del castellano.
Grijelmo fue el responsable del Libro de Estilo de El País, diario en que desempeñó diferentes cargos, incluido el de subdirector. En el suplemento Babelia de ese periódico publica desde hace casi trece años La punta de la lengua, una columna en la que un día puede firmar una añoranza del pluscuamperfecto y otro reflexionar sobre el uso de la palabra “genocidio”; o abordar el caso de los “enviados especiales” de los medios de comunicación, que consiguen “transmitir una falsedad sin emitir ningún dato falso” al hacer creer que un periodista cubre in situ los hechos recientes en Venezuela cuando en realidad está en una frontera, en Cúcuta.
Como dice en la introducción de El estilo del periodista, su obra parte de “el principio de que el lenguaje es un instrumento de la inteligencia”. Grijelmo ha tratado de que ese instrumento, que en castellano cuenta con más de 500 millones de hablantes, se cultive cada vez mejor.
¿Por qué dice que la gramática nos ayuda a pensar?
Porque nos da una estructura de pensamiento y de argumentación. Todos los saberes humanos se basan en algún tipo de estructura: el derecho, la ingeniería, la medicina, la arquitectura, la biología… También la lengua. No es posible saber de ninguna de esas materias si no se asimilan las estructuras que entrañan. Y una expresión bien estructurada facilita el entendimiento. Distinguimos entre una oración principal y una subordinada, entre un sustantivo y un adjetivo, entre un pronombre y una preposición. Precisamente uno de los problemas que van a sufrir las nuevas generaciones es la falta de estructuras informativas. Hasta ahora, los medios de comunicación ordenaban y jerarquizaban las noticias, pero ahora eso está desapareciendo porque las noticias nos llegan de una en una a través de las redes y de los buscadores, no envueltas en un contexto que define su trascendencia o su prescindibilidad. A veces no sabemos ni de cuándo son, así que carecemos también de una estructura cronológica. Incluso los diarios digitales están perdiendo la estructura con la que antes se presentaba la realidad con arreglo a unos criterios de relevancia. Así es más difícil entender lo que pasa, porque lo frívolo se mezcla con lo crucial y el periodismo riguroso se contamina con el periodismo falaz, incluso la verdad se mezcla con la mentira y la conjetura convive con lo comprobado. Espero que al menos nos quede en el futuro la estructura sintáctica con la que razonamos al hablar, porque sin ella todo será menos inteligible.
García Marquez dijo que la ortografía era “el terror del ser humano desde la cuna”. ¿Existe miedo a enfrentarse a las palabras? ¿O es despreocupación?
No conozco a ningún buen lector que cometa errores ortográficos, no conozco a ningún buen periodista que escriba mal. La mala ortografía no es la enfermedad, es el termómetro. Es el indicador que señala unas carencias graves de lecturas y de formación; no necesariamente por culpa de quien las padece. Sí pueden sentir ese terror quienes no han querido o no han podido leer con provecho. Quien lee mucho y a buenos autores no incurrirá en faltas de ortografía. Una coma mal puesta, una tilde indebida o una concordancia desafinada, si no son ocasionales sino recurrentes, muestran un problema de fondo: que tienes fiebre, y que esa fiebre está provocada por un problema mayor. Podemos prescindir de las reglas ortográficas, de acuerdo. Sería un problemón reescribir ahora la literatura escrita en castellano durante los últimos siglos, incluida la de García Márquez; nos parecería otra lengua. Pero con esa solución no habremos hecho más que romper el termómetro sin curar la enfermedad.
En su columna ‘La punta de la lengua’ se ha dedicado a reflexionar sobre errores gramaticales en los medios de comunicación y periodistas. ¿Podría decirnos algunos de los errores más comunes y darnos sus soluciones?
Diré tres: 1. El uso del “condicional del rumor” como en “el ministro habría aprobado ayer el decreto”. Eso en español o castellano significa que el ministro no lo aprobó: que lo habría aprobado si lo hubiera aprobado. Algunos periodistas creen que así comunican una posibilidad probable, en vez de una probabilidad imposible. Y además, indican con esas construcciones que no están seguros de lo que cuentan, que transmiten rumores y no datos confirmados. La solución es utilizar expresiones de conjetura: “parece que”, “puede que”, “al parecer”… Pero claro, eso muestra sin duda que el periodista no ha confirmado lo que escribe. 2. Lo que el gramático Emilio Alarcos llamó “el le inmovilizado”, como en “hay que decirle a los ciudadanos…”. Ese pronombre tiene un referente en plural y por tanto debería moverse a “les”. Cada vez aparece más en el lenguaje escrito, que debería cuidar estos detalles. 3. El fallo de concordancia en las construcciones condicionales, como en “si me invitara a cenar, iré”, en vez de “si me invitara a cenar, iría” o “si me invita a cenar, iré” (o “voy”). Esa mezcla nos indica que el hablante o el escribiente no sabe si la posibilidad que expresa es más probable o menos, refleja una confusión mental en su representación de la realidad. Ahí la gramática nos ayuda a pensar.
En una encuesta de 1999, la Asociación de editores de periódicos de Estados Unidos indagó en las razones de la caída de la credibilidad y circulación de los periódicos. Los lectores encuestados mencionaron la falta de sintaxis y de ortografía. ¿Cree que esto siga siendo determinante en fenómenos como la evasión de noticias y la desconfianza en el periodismo, señalados cada año por el Digital News Report?
Estoy convencido de ello. Un lector no cree en un periodista que escriba con errores, no le otorgará las virtudes del rigor y del conocimiento necesarios para reconocerle un crédito profesional.
¿Es importante el conocimiento de la gramática al escribir en cualquier formato o género periodístico (audio, texto, video, etc.)?
No hace falta estudiar gramática, pero sí saber gramática. Y la gramática se aprende sobre todo leyendo, de manera intuitiva. Los Beatles no sabían solfeo cuando empezaron, pero sus composiciones respetaban las reglas de la música. No solo no desafinaban, sino que lograban construcciones perfectas. La música se aprende escuchando con buen oído; y la gramática, leyendo con atención. Si además se estudian música o gramática, se sabrá por qué unas construcciones funcionan y otras no, por qué fallamos en el ritmo o en la sonoridad de lo que componemos, tanto en un pentagrama como en un teclado. Y con eso podremos analizar mejor los mensajes y transmitir y enseñar un conocimiento profundo de la lengua.
La IA puede ayudar a corregir errores, pero también generarlos. ¿Cuál es su postura frente a su uso en el trabajo periodístico y en la revisión gramatical?
Me parece muy peligrosa. Ya he percibido sesgos ideológicos en las respuestas que da la IA ante preguntas sobre asuntos controvertidos concernientes a la historia, las lenguas o la política. Recuerdo el comentario ingenuo que hizo el famoso torero Rafael el Gallo, famoso por sus ocurrencias, cuando llegó en barco a Nueva York en los años veinte del siglo pasado y su entrada en el puerto coincidió con el encendido del alumbrado público de la ciudad. Un acompañante suyo se mostró maravillado ante el fenómeno, a lo que el torero respondió: “Si, muy bonito; pero esto ¿quién lo paga?”. Pues eso. La IA es apasionante, pero ¿quién la paga, quién la controla? El que tenga eso bajo su control dispondrá de un poder de manipulación descomunal. Ya estamos viendo lo que pasa en las redes con los algoritmos que programan Zuckerberg o Elon Musk, dos ultraderechistas dispuestos a hacer negocio a costa de la salud mental de millones de personas.
La gramática suele verse como un campo que solo dominan los expertos. En libros como El estilo del periodista usted ha intentado cerrar esa brecha. ¿Qué es lo más desafiante de comunicar sobre gramática y lenguaje?
Toda divulgación implica pasar a lenguaje común un lenguaje especializado. Es lo que me propuse también en el libro La gramática descomplicada, que usan muchos profesores en sus clases. Lo importante no es aprender gramática, sino pensar con la gramática; analizar las estructuras sintácticas para entender cómo funciona nuestra mente lingüística. Eso nos permitirá argumentar mejor y disponer de más facilidades para convencer con lealtad y para no ser manipulados.
¿Cómo definiría la ética del lenguaje en el campo periodístico?
Como un pilar de nuestra profesión. He escrito mucho sobre eso, sobre cómo un uso perverso del lenguaje puede constituir una mentira incluso si en el mensaje no se expresa ningún dato falso. Lo abordo sobre todo en La información del silencio, pero también en mis columnas semanales en el suplemento Babelia de El País. En la de esta semana me refería precisamente a la expresión “enviado especial” que usan algunos medios radiofónicos y televisivos españoles cuando dan paso en antena a sus periodistas encargados de cubrir los acontecimientos de Venezuela: “Fulanito Martínez, enviado especial”. Y a continuación entra el periodista y cuenta su crónica. La titulé “Enviado especial… ¿adónde?”. Porque los presentadores de esos programas hacen ver que los informadores se hallan en Venezuela, cuando no se les ha permitido entrar allí y están casi todos en Cúcuta. Son enviados especiales, sí, eso es verdad; pero se omite el lugar donde se hallan. Una manipulación clarísima mediante el silencio, para lograr una inferencia falsa.
Hace algunos años, en la serie de despidos o recortes que se suceden a cada tanto en medios de comunicación, unos de los primeros en salir fueron los correctores de estilo. Esto hizo que esa fase del proceso de publicación recayera en reporteros y editores que no tenían los conocimientos o el tiempo suficiente, o que a menudo aprendían de esos correctores. ¿Hace falta esta figura profesional en algunos medios y plataformas periodísticas?
Eso fue catastrófico para la calidad de los medios; una medida que adoptaron directivos ignorantes que desconocían todo sobre el trabajo periodístico y la comunicación. Incluso en un diario que cuente con magníficos periodistas, la media de calidad de su producto es muy superior a la media de todos aquellos que lo elaboran. ¿Por qué? Porque la suben los editores. Deberían estar mejor pagados, si son buenos, y disfrutar de mayor reconocimiento en sus empresas.
¿Qué consejos le daría a un periodista que quiera afianzar sus conocimientos o aprender sobre gramática?
Tres consejos: que lea, que lea y que lea. Que lea sin cesar; y en papel, porque se procesa mejor la lectura al fijar la vista sobre una superficie que absorbe la luz en vez de emitirla. Que lea a buenos autores. Todo lo demás le llegará sin darse cuenta.
FUENTE: Etica Periodística